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martes, 16 de noviembre de 2010

Exclusividad y automasturbación.

El otro día estuve haciendo los típicos trabajos casposos de Filosofía de las Ciencias Humanas y Sociales. Me tocaba leer una parte de los ensayos de un tal H.G. Gadamer sobre El Lenguaje como medio de la experiencia hermenéutica. Resultó no ser tan mugre como parecía. Me rallé sobremanera, aunque quizás de esto tenga culpa el exceso de café (en mi casa el café se bebe a cafeteras).

Más o menos lo que explica Gadamer es que la comunicación entre individuos normalmente tiene un espíritu propio que se escapa al ser humano, en primer lugar porque está sujeto a la interpretación de un individuo ajeno al emisor y, en segundo lugar, porque no podemos expresar con palabras justo aquello que pensamos y que tenemos en nuestro interior. Me rallé con esta segunda parte. ¿No os ha pasado nunca que decís o escribís algo y que luego os dais cuenta de que no es verdaderamente aquello que pensáis o sentís? El lenguaje es un sucedáneo del pensamiento, una herramienta oxidada que usamos por carencia de otra más precisa. Y es que a veces las palabras o no sirven, o se quedan cortas.

Me gusta pensar estas cosas: exaltan al ser humano, su espíritu y su singularidad. Es un placer casi masturbatorio pensar que soy el único yo que ha existido desde el inicio del universo y que cuando muera, jamás habrá otro. Todos nosotros somos brutalmente singulares, piezas únicas de la naturaleza.

Me he quedado trabado en una pregunta: ¿tiene algún sentido la singularidad en un mundo sin pluralidad?

PD: Seguramente no quería decir esto.