Dejemos ahora constancia del punto máximo de esa fatua vanidad nacionalista francesa que desde hace siglos es objeto de burla en toda Europa; he aquí su non plus ultra. En el año de 1857 apareció la quinta edición de un libro para uso universitario: Notions élémentaires de grammaire compareé, pours servir à l'étude des trois languages classiques, rédigé sur l'invitation du ministre de l'Instruction publique, par Egger, membre de l'Institut, etc. etc., dondé, nótese bien, la "tercera lengua clásica" a la que se alude (credi posterior! [Horacio, Carmina II, 19, 2] ) es nada menos que...la francesa. En otras palabras: esta misérrima jerga románica; esta pésima multilación de palabras latinas; esta lengua que debería alzar la vista con respeto hacia su más antigua y venerable hermana, la italiana; esta lengua, cuya característica peculiar son las repugnantes nasales en, on, un, así como un espasmódico y extremadamente desagradable acento de la última sílaba, mientras que todas las demás lenguas se valen de las tranquilizantes graves; esta lengua carente de toda métrica; en que la rima, que por cierto recae casi siempre sobre é u on, constituye la única forma de poesía; ¡esta miserable lengua es exhibida aquí como langue classique al lado de la griega y la latina! Convoco a toda Europa a una huée [abucheo] general para humillar a estos señores tan presumidos e impúdicos.
Los franceses
Otras partes del mundo tiene monos; Europa tiene franceses. Una cosa compensa la otra.
Arthur Schopenhauer, El arte de insultar, pág 77, 78