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viernes, 17 de diciembre de 2010

El francés y Los franceses

El francés

Dejemos ahora constancia del punto máximo de esa fatua vanidad nacionalista francesa que desde hace siglos es objeto de burla en toda Europa; he aquí su non plus ultra. En el año de 1857 apareció la quinta edición de un libro para uso universitario: Notions élémentaires de grammaire compareé, pours servir à l'étude des trois languages classiques, rédigé sur l'invitation du ministre de l'Instruction publique, par Egger, membre de l'Institut, etc. etc., dondé, nótese bien, la "tercera lengua clásica" a la que se alude (credi posterior! [Horacio, Carmina II, 19, 2] ) es nada menos que...la francesa. En otras palabras: esta misérrima jerga románica; esta pésima multilación de palabras latinas; esta lengua que debería alzar la vista con respeto hacia su más antigua y venerable hermana, la italiana; esta lengua, cuya característica peculiar son las repugnantes nasales en, on, un, así como un espasmódico y extremadamente desagradable acento de la última sílaba, mientras que todas las demás lenguas se valen de las tranquilizantes graves; esta lengua carente de toda métrica; en que la rima, que por cierto recae casi siempre sobre é u on, constituye la única forma de poesía; ¡esta miserable lengua es exhibida aquí como langue classique al lado de la griega y la latina! Convoco a toda Europa a una huée [abucheo] general para humillar a estos señores tan presumidos e impúdicos.

Los franceses

Otras partes del mundo tiene monos; Europa tiene franceses. Una cosa compensa la otra.

Arthur Schopenhauer, El arte de insultar, pág 77, 78

lunes, 1 de noviembre de 2010

El amor sexual en el hombre y la mujer

El hombre tiende por naturaleza a ser incostante en el amor, así como la mujer se inclina a la constancia. En el hombre, el amor disminuye sensiblemente en cuanto ha sido satisfecho, y casi cualquier otra mujer lo excita más que la que ya posee: añora la variedad. En cambio, el amor de la mujer empieza a crecer desde ese mismo instante. Esto es consecuencia de la finalidad de la naturaleza, que está orientada hacia la conservación de la especia y, por lo tanto, a multiplicarla todo lo posible. El hombre puede, a saber, engrendrar hasta cien niños al año, si tiene a su disposición otras tantas mujeres; la mujer, en cambio, aunque tuviera un número similar de hombres, no podría dar luz a más de uno (si se prescinde de los casos de partos múltiples). Por eso, él siempre está buscando otras mujeres, mientras que ella se aferra a uno solo; pues la naturaleza la impulsa, de manera instintiva y sin reflexión alguna, a preservar para sí al sostén y al protector de su futura prole.

El arte de insultar, Arthur Schopenhauer